Me encuentro en un bus, camino de un hotel, perdido quién sabe donde. No sé muy bien si voy bien de tiempo, pero lo que sí que sé, es que no me puedo creer que el bus me deje tirada, una vez más. No, no lo puedo creer, pero así es. La vida es dura.
Me encuentro en Londres, y llueve. Siempre llueve. No puedo sacar el mapa, mi querido mapa, porque no quiero echarlo a perder, así que, de poste en poste, consigo llegar al Holiday Inn en el que me espera Astrid. Llego empapadísima, y unos quince minutos tarde, pero nada importa, porque por fin, sí, por fin, veo a alguien a quien ya conocía de antes por Londres. Conocer de verdad, no como a Alicia, la amiga de Irene.
Me da un abrazo, y lo agradezco. Vaya que si lo agradezco. Y hablo, hablo mucho. Le cuento cómo me va todo por aquí, y cuando me doy cuenta de que no la he dejado decir nada, me callo y la ánimo a hablar. Para los que la conozcáis, sabréis que no hizo falta "animar", ella simplemente habló.
Resulta que anoche salió de fiesta por Huertas, aparcó el coche en vetetúasaberdónde, y se lo llevó la grúa. Al volver de la fiesta, a por él que tuvo que ir. Pero no pasa nada, son sólo 150€ menos en su cuenta, una cuenta de una futuraycasiaunquenotodavía dentista. A eso hubo que añadirle los otros cientoypico € que tuvo que pagar al descubrir que su avión había salido a la misma hora del día anterior. Vaya gracia. Pero claro, tenía que venir a Londres a ver a Marcos, tenía ya el hotel y el viaje de vuelta pagado y... vaya, que tenía que venir a darme un abrazo y aguantarme dos días, por qué no! Y después de eso, me contó que ya había estado aquí, pero que no sabía moverse desde el British, que es la zona por la que estamos nosotras, así que me toca a mí, la pelirroja que se pierde en una pecera, hacer de guía.
Por intuición, más de Astrid que mía, llegamos a una calle, de la que ahora no recuerdo el nombre, que desemboca en Tottenham Court Road, y desde allí, llegar a Oxford Circus, donde nos espera Marcos, no es complicado.
Bueno, lo que sí que es complicado, es escabullirse del mogollón de un sábado por la tarde, cargado con paraguas y bolsas de tiendas de ropa. Pero nada que pueda parar a ésta pelirroja y su nueva compañera de viaje la alemana Astrid (de ahora en adelante, y debido a lo que a continuación voy a contar, todo nombre irá acompañado de la procedencia de la persona, o del lugar que me recuerda a dicha persona).
Tras muchas llamadas entre números españoles (lo que me duele enormemente, aún sabiendo que no lo pago yo), y muchos minicabreos de Marcos e intentos (conseguidos) de Astrid de calmarle, llegamos a Oxford Circus. Marcos está en Nike o H&M (uno de tantos), y tras un rato de pintopintogorgorito, cuando decidimos que ha tocado H&M y hacia allí nos dirigimos, llama Marcos. Está en Nike. Perfecto, porque aún no hemos cruzado la cargadadegente calle.
Entramos, y Astrid decide que ya sabe dónde quiere casarse. A mi me parece una tienda como otra cualquiera, pero ella está realmente emocionada. He de admitir que me quedé embobada con los expositores transparentes y casi podría decirse que colgantesdeunhilo de zapatillas.
Tras mucha vuelta y mucho "ves a un chico alto, y rubio, y de ojos claros, y bueno, tampoco tan alto, y guapo, y con cara de majo por algún lado?" después, encontramos a Marcos. No sé si es Marco o Marcos, lo que sí que sé, es más, de lo que estoy segura, es de que le encontramos nosotras, y no él a nosotras, porque el pobre ve menos que tres en un burro (¿por qué se utilizará esta expresión?) y nosotras (de las que sólo cuenta la mirada de Astrid, porque yo veía muchos chicos rubios, altos, guapos, de ojos claros, y con cara de majos) algo más.
Se saludan y me presentan. ¿Que cómo nos conocimos? Somos comunes de Ana. ¿Que cómo conocí a Ana? Eso es otra historia. Digamos que en un McDonalds, camino de un concierto (gratuito, que por ello fui) de Pignoise.
Tras mucha vuelta e indecisión, y compras, para mi juicio absurdas, para el suyo necesarias y caras, decidimos que es hora de ir a tomar un café. Pasamos por la escuela de Marcos, y acabamos en, de todos los Starbucks por los que pasamos (puedo jurar que unos 3 en 10 minutos andando), el más lejano, aunque cercano a la escuela. Yo café y ellos Smoothie de café. Yo amo mi decisión, a ellos la suya no les gusta mucho. Preguntamos por el WiFi en nuestro perfecto (ja-ja-ja) inglés, y sin tarjeta de BTOpenZone no lo hay, así que nos conformamos con pensar en que la gente de Londres es maja y nos sabrán decir donde está un local llamado Qu del que Astrid ha oído hablar, pero no sabe más que la pronunciación del nombre (luego descubrimos que era Ku)
No hay comentarios:
Publicar un comentario